
Entre la Navidad y el Año Nuevo, en diciembre de 1982, cuarenta ancianos indígenas, líderes espirituales, miembros de la comunidad y personas dedicadas al desarrollo se reunieron en las altas llanuras del sur de Alberta. Durante cuatro días y cuatro noches, oraron, celebraron ceremonias, reflexionaron y consultaron juntos. Buscaban comprender las leyes espirituales y naturales mediante las cuales las personas, las familias, las comunidades, las naciones y, en última instancia, toda la Familia Humana pudieran sanar, desarrollarse y convivir en un mundo sostenible, armonioso y próspero.
De aquel encuentro sagrado, celebrado durante un eclipse lunar total, surgieron los cuatro primeros principios fundamentales. Mediante la oración continua, la consulta, la experiencia práctica y el servicio, se habían desarrollado hasta 1987 y se convirtieron en siete principios. Después de nuevos encuentros y consultas en 1993 y 1994, se fueron conformando hasta completar el cuerpo de los Dieciséis Principios Rectores.
Ninguna persona inventó estos principios ni fueron creados como una teoría abstracta. Surgieron a través de un proceso vivo y colectivo de escucha: escuchar a los Ancianos, escucharnos unos a otros, escuchar a la Madre Tierra, escuchar los sueños y las visiones que nacían entre el pueblo, y escuchar la guía del mundo espiritual invisible. Durante los últimos cuarenta y cuatro años, se han aplicado a la sanación, la educación, el liderazgo, la restauración cultural, la reconciliación, el desarrollo económico, la protección del medioambiente, la construcción de comunidades y la renovación espiritual en todas las Américas, en Asia y en otras partes del mundo.
Detrás de estos principios se encuentran las oraciones, las ceremonias, los sacrificios y las experiencias vividas de más de mil ancianos, líderes espirituales, constructores de comunidad, familias, jóvenes, educadores y otros familiares que contribuyeron a su desarrollo y a su aplicación
Todos estos amados ancianos han entrado ya en el mundo espiritual, pero sus oraciones y su guía continúan vivas dentro de esta labor. Por lo tanto, los Dieciséis Principios llevan consigo mucho más que palabras. Llevan generaciones de sabiduría indígena y cuarenta y cuatro años de oración, de ceremonia, de consulta, de puesta a prueba, de aprendizaje y de experiencia práctica. Tienen raíces, memoria, ascendencia espiritual y una responsabilidad sagrada hacia las generaciones que aún no han nacido.
La importancia internacional de los principios se volvió cada vez más visible en 1995 y 1996. En 1995, la Comisión Mundial de Cultura y Desarrollo, presidida por Javier Pérez de Cuéllar, exsecretario general de las Naciones Unidas, publicó su histórico informe titulado Nuestra diversidad creativa. Luego, en abril de 1996, en la Sede de las Naciones Unidas en la ciudad de Nueva York, los Dieciséis Principios fueron presentados formalmente a Javier Pérez de Cuéllar y a la Comisión Mundial mediante una exposición titulada «Visiones, Realidades y Principios Rectores para el Futuro». Los principios, nacidos de las oraciones y ceremonias de los Ancianos Indígenas, fueron llevados a la Casa de las Naciones y ofrecidos como un regalo a toda la Familia Humana.
Durante cuarenta y cuatro años, los principios han sido objeto de oración; han sido pronunciados, escritos, enseñados, conversados, puestos a prueba y vividos. Ahora están entrando en otra etapa de su recorrido. Están comenzando a cantar.
Los seres humanos hemos desarrollado sistemas poderosos para comprender el mundo visible. Las matemáticas nos ayudan a comprender las relaciones entre las dimensiones físicas del tiempo, del espacio, del movimiento, de la proporción y de la forma. Los idiomas hablados y escritos nos permiten comunicar conocimiento, historia, experiencia e intención. Los símbolos sagrados —el círculo, el árbol, las cuatro direcciones, el río, el fuego y el cambio de las estaciones— contienen capas de comprensión que las palabras comunes quizá no puedan abarcar.
Sin embargo, también existe un mundo invisible: el mundo del espíritu, la oración, la intuición, los sueños, las visiones, la memoria, el amor, el dolor, la belleza y la transformación interior. Estas realidades no siempre pueden medirse matemáticamente ni explicarse con el lenguaje cotidiano. Conocemos su presencia por aquello que despierta en nuestro interior y por el valor, la compasión, la sanación y el servicio que nos llaman a manifestar en nuestra vida.
A lo largo de la historia humana, las artes han tendido puentes entre estos mundos visibles e invisibles. La ceremonia, la narración de historias, la danza, la pintura, la talla, la poesía, el teatro y la música nos permiten experimentar verdades que el intelecto por sí solo quizá no pueda alcanzar. En su expresión más elevada, las artes no se limitan a entretenernos. Nos revelan algo. Despiertan algo en nuestro interior. Nos ayudan a recordar quiénes somos y a imaginar en quiénes podemos convertirnos.
Entre todas las artes, la música posee un poder singular para atravesar fronteras. Una melodía no necesita pasaporte. El ritmo no reconoce fronteras nacionales. La voz humana puede comunicar ternura, dolor, valor, anhelo, alegría y esperanza, aun cuando quien escucha no comprenda cada palabra. La música puede llegar a lugares del corazón humano a los que no llega ningún argumento. Puede despertar recuerdos que no sabíamos que llevábamos dentro, hacer aflorar el dolor, abrir caminos hacia la sanación y ayudar a personas desconocidas a reconocer algo de sí mismas en otras.
La música también nos enseña uno de los significados más profundos de la unidad. La armonía no exige que todas las voces se vuelvan iguales. Cada voz puede conservar su singularidad mientras contribuye a algo mayor. Un tambor no necesita convertirse en una flauta. Una voz grave no necesita convertirse en aguda. El inglés no necesita convertirse en español, ni el español en inglés. Cada idioma puede hablar desde su propia belleza, historia, ritmo y manera de comprender el mundo, y, al mismo tiempo, unirse al otro en armonía. Esta es la unidad en la diversidad hecha audible.
Este es el propósito más profundo de la Música Viva de los Dieciséis Principios. Cada principio recibirá su propia voz musical, atmósfera emocional, imaginería, simbolismo, ritmo y mensaje. A través de la música, cada principio puede ir más allá de ser una mera declaración intelectual y convertirse en una experiencia viva. Las personas no solo leerán lo que significa un principio. Serán invitadas a escucharlo, sentirlo, imaginarlo y reconocer cómo pueden vivirlo.
El primer principio, El Desarrollo Viene de Adentro, enseña que la sanación y el desarrollo se despliegan desde el interior de cada persona, relación, familia, comunidad o nación. La ayuda y los recursos pueden provenir de afuera, pero la visión, la voluntad, el valor y el poder espiritual necesarios para una transformación duradera deben despertar desde adentro. A través de la música, este principio puede convertirse en un viaje interior: un movimiento del silencio al despertar, de la incertidumbre a la visión y de la impotencia al reconocimiento de la capacidad sagrada que ya vive en nosotros.
El principio de la Visión puede convertirse en música que nos atraiga hacia las personas y las comunidades que podemos llegar a ser. Basado en la cultura, puede convertirse en un regreso musical al idioma, a la identidad, a la ceremonia, a la memoria y a la sabiduría ancestral. La interconexión puede escucharse a través de numerosos instrumentos que se responden unos a otros, cada uno distinto y, sin embargo, inseparable del conjunto. La Unidad puede convertirse en armonía; la Participación, en la unión de muchas voces; y la Justicia, en el ritmo constante que asegura que nadie quede excluido del círculo.
La espiritualidad puede percibirse en el silencio entre las notas: la presencia invisible que da significado y vida a todo lo que escuchamos. El aprendizaje puede desplegarse mediante la escucha, la repetición, la respuesta, el descubrimiento y el cambio. La sostenibilidad puede expresarse mediante ritmos que se renuevan y continúan sin agotar la fuente de la que surgen. Avanzar Hacia lo positivo puede convertirse en un movimiento musical que nos lleve del dolor a la esperanza, sin negar el sufrimiento del mundo, sino dirigiendo nuestra energía hacia la realidad positiva que buscamos crear. Ser el cambio que quieres ver puede convertirse en la gran invitación final: no solo escuchar la música, sino vivirla.
Ningún principio existe de manera aislada. Finalmente, los Dieciséis Principios fluirán juntos, uno conduciendo naturalmente al siguiente, para formar un único viaje musical continuo de sanación, visión, identidad cultural, interconexión, unidad, participación, justicia, espiritualidad, equilibrio, aprendizaje, sostenibilidad, acción compasiva y prosperidad armoniosa. Como dieciséis arroyos que se unen para formar un solo río poderoso, se convertirán en un cuerpo completo de Música Viva.
Esta primera visión se comparte en inglés y en español. Las palabras pueden cambiar ligeramente de un idioma a otro, porque una traducción viva no es simplemente un intercambio mecánico de palabras. Cada idioma lleva consigo su propio espíritu, visión del mundo, ritmo, memoria y manera de expresar las relaciones. Sin embargo, el significado espiritual, la emoción y la esencia viva de los principios permanecen unidos.
Con el tiempo, la música podrá llevarse a muchos más idiomas. Cada idioma abre otra puerta hacia el mismo círculo vivo y aporta algo único a la experiencia mayor. El propósito no es crear una única cultura mundial ni borrar las hermosas diferencias entre los pueblos. El propósito es despertar una armonía mundial en la que la identidad, la sabiduría, el idioma y los dones de cada cultura sean protegidos, honrados y compartidos.
La música también abre la puerta a los sueños y las visiones. Una visión verdadera nos permite experimentar interiormente algo que todavía no se ha creado plenamente en el mundo exterior. Antes de poder construir un mundo pacífico, debemos ser capaces de imaginarlo. Antes de imaginarlo, debemos creer que es posible. A veces, antes de poder creerlo, debemos tener la oportunidad de sentirlo. La música puede brindarnos esa experiencia. Puede permitirnos sentir cómo suena la armonía, cómo se siente la unidad y qué se vuelve posible cuando muchas voces distintas se escuchan y se responden mutuamente con respeto. Esa experiencia interior puede convertirse en la semilla de la acción exterior.
Este viaje musical se comparte como parte del 22.º aniversario de los 11 Días de Unidad Mundial, del 11 al 21 de septiembre, y del llamado mundial de este año a la Paz Mundial a Través de la Unidad. Durante estos once días, se invita a personas, familias, comunidades, tradiciones espirituales, organizaciones, artistas, músicos, educadores, constructores de paz, instituciones y naciones a unir sus oraciones, voces, dones creativos y acciones compasivas en una demostración mundial de que la paz es posible.
El viaje culmina el 21 de septiembre, Día Internacional de la Paz de las Naciones Unidas, que convoca a un alto el fuego mundial de veinticuatro horas y a una jornada mundial de no violencia. Pedimos a la humanidad que haga visible y mensurable ese compromiso. Durante un día completo, ¿podemos detener las matanzas, deponer las armas, suspender los actos de violencia, proteger vidas inocentes y elegir otro camino?
Un solo día no pondrá fin a todas las guerras ni sanará todas las divisiones. Pero un alto el fuego mundial verificado de veinticuatro horas demostraría algo de importancia histórica: la humanidad puede detenerse. La guerra no es inevitable. La violencia no es nuestro destino. La paz no es un sueño imposible. Si podemos detenernos durante un día, podremos comenzar a comprender qué se necesita para detenernos durante dos días. Si podemos proteger la vida durante veinticuatro horas, podremos comenzar a construir las relaciones, los acuerdos, las instituciones y los fundamentos espirituales necesarios para protegerla todos los días.
Por lo tanto, la Música Viva es mucho más que una colección de canciones. Es una ceremonia mundial compartida: una manera de reunir los mundos visibles e invisibles a través del sonido, el idioma, el simbolismo, la belleza, la oración, la imaginación y la intención colectiva. Cada canción lleva consigo una parte de la visión mayor. Cada idioma abre otra puerta. Cada cantante se convierte en portador de los principios, y cada persona que escucha es invitada a participar.
La música no nos pide únicamente que admiremos la paz; nos llama a practicarla. No nos pide únicamente que hablemos de la unidad; nos llama a construirla. No nos pide únicamente esperar el cambio; nos llama a encarnar el cambio que buscamos.
Lo que están a punto de escuchar es “El Desarrollo Viene de Adentro”, el primero de los Dieciséis Principios Rectores. Esto es apenas una visión del gran horizonte musical que ahora se despliega: un principio que se abre hacia otro, un idioma que responde a otro y muchas voces distintas que se unen en una armonía viva.
Escuchen no solo con la mente, sino también con el corazón y el espíritu. Escuchen las oraciones que viven detrás de las palabras, a los ancianos que están detrás de los principios, a los antepasados que están detrás de la música y a las generaciones que aún no han nacido, cuyo futuro ha sido confiado ahora a nuestras manos.