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Como siempre me decía mi padre: «Hijo, el Camino Rojo es un buen camino, pero es un camino difícil». He llevado esas palabras conmigo a lo largo de toda mi vida y, cuanto más envejezco, más profundamente comprendo su significado.
El Camino Rojo no es un camino perfecto. No es un camino que recorramos una vez y luego declaremos alcanzada la meta. Es un viaje que dura toda la vida, lleno de aprendizaje, sanación, perdón, servicio, caídas, levantamientos y nuevos comienzos. Yo aún no he alcanzado esa meta. Sigo caminando, sigo aprendiendo, sigo sanando y sigo formándome.
Este fue el camino de mis queridos padres y antepasados. También es el camino de los ancianos, los líderes espirituales, los pacificadores, las madres, los padres, los jóvenes y los humildes servidores a quienes he tenido el honor de conocer por todos los lugares de la Madre Tierra por los que he viajado. Sus vidas me han enseñado que el Camino Rojo no es algo de lo que simplemente hablamos. Debe reflejarse en cómo vivimos, en cómo nos tratamos unos a otros y en cómo servimos a las generaciones venideras.
Algunos lo llaman el Camino Rojo. Yo también lo conozco como el Camino del Parentesco: la forma sagrada de recordar que cada persona, cada nación, cada cultura, cada animal, cada árbol, cada río y cada ser vivo forma parte de un gran círculo de vida. Recorrer este camino es vivir como si este parentesco sagrado fuera real.
Recorrer el Camino Rojo significa elegir la verdad cuando el engaño resultaría más fácil. Significa elegir el perdón cuando la amargura parece justificada y elegir la humildad cuando el orgullo nos dice que nos coloquemos por encima de los demás. Significa defender con firmeza la justicia sin renunciar a nuestra humanidad. Significa proteger a los vulnerables, alimentar a los hambrientos, consolar a los afligidos, cuidar de nuestros mayores, guiar a nuestros hijos y defender a nuestra sagrada Madre Tierra.
El Camino Rojo es un buen camino porque nos lleva a casa: a nuestra verdadera naturaleza, los unos a los otros y al Creador. Pero es un camino difícil porque nos exige algo. Nos pide que examinemos nuestros propios corazones antes de juzgar los de los demás. Nos pide que sanemos las heridas que, de otro modo, podríamos transmitir a otra generación. Nos pide que hablemos cuando el silencio permitiría la injusticia y que mantengamos la paz cuando la ira nos empuja hacia el odio.
El Camino Rojo nos pide que nos convirtamos en el mismo cambio que reclamamos para el mundo. No podemos rezar por la paz mientras propagamos el conflicto. No podemos reclamar justicia mientras actuamos injustamente. No podemos pedir a los demás que vivan con compasión mientras nos negamos a perdonar. El camino solo se hace visible cuando empezamos a recorrerlo. Nuestras vidas deben convertirse en el mensaje que esperamos compartir.
Habrá momentos en los que tropezaremos. Habrá momentos en los que el camino se vuelva empinado, solitario y difícil de ver. Puede que perdamos el rumbo, nos cansemos o nos preguntemos si nuestros pequeños pasos pueden marcar realmente la diferencia. Sin embargo, incluso en esos momentos difíciles, no caminamos solos. Nuestros antepasados caminan con nosotros. Nuestras oraciones caminan con nosotros. El amor de quienes nos criaron camina con nosotros. Cada acto de valentía, compasión, generosidad y perdón deja una huella para quienes nos seguirán.
Por eso seguimos caminando. Caminamos por los niños que están aquí hoy y por las generaciones que aún no han nacido. Caminamos por aquellos que han olvidado que tienen un lugar al que pertenecer. Caminamos por aquellos que han sido heridos, excluidos, abandonados o dejados atrás. Caminamos para que la paz sea algo más que una palabra bonita o un sueño lejano. Caminamos hasta que la paz se convierta en nuestra forma de vida.
El Camino Rojo no nos promete un viaje fácil. Nos promete uno que tenga sentido. Quizá nuestra tarea no sea llegar al final del camino ni imaginar que por fin hemos llegado. Quizá nuestra tarea sea simplemente recorrerlo con buen corazón, ayudarnos unos a otros cuando el viaje se vuelva difícil y dejar tras de nosotros un sendero visible que nuestros hijos y nietos puedan seguir.
Yo aún no he llegado, pero con cada nuevo amanecer me levantaré de nuevo, daré gracias por otro día precioso en la Madre Tierra y seguiré caminando. El Camino Rojo es un buen camino. El Camino Rojo es duro. Pero es el camino que elijo.